La Cultura viaja en furgoneta

Antes de comenzar con el Rincón infantil, en Comillas (Cantabria)Son las 8’30 h. El sol juguetea con las ramas del castaño de ‘La Laera’ (Cortegana). Más abajo, Luisma, Luis, Mario y José Francisco están cargando la furgoneta con los talleres infantiles, los juegos artesanales, el vestuario del teatro y la carpa de ‘El Patio de los Sueños’.

Aún quedan 800 kilómetros y 10 horas de viaje. Esta es la primera estación de una travesía hacia Comillas (Cantabria) para que estos historiadores, actores y cómicos se ganen el pan de cada estación. Idas y venidas por toda la geografía nacional con el único propósito de ofrecer sonrisas y fomentar la imaginación y la fantasía de los más pequeños. La labor de Culturaleza representa un privilegiado oasis en la sociedad individual de la prisa. Pedro detrás de los focos se encuentras horas de dedicación, esfuerzo, agotamiento, numerosas tazas de café, responsabilidad, respeto a su profesión…

Cuando el maquillaje desaparece del rostro aparece aquel perfil imperceptible para el gran público, a veces cargado de tópicos hacia estos trabajadores, auténticos profesionales con mayúscula, de los que diversifican las festividades temáticas para que todos los asistentes disfruten sin conocer ni imaginar las miserias de este oficio.

La cafetera bulle. Es el último recuerdo de Cortegana, el prólogo de una dura travesía. El primer capítulo de esta historia real está protagonizado por el asfalto. Los calambres en las piernas aparecen cuando se sobrepasan los 500 kilómetros. El pueblo de Alar del Rey sirve para desperezar las extremidades. Aquí también se cierran algunos detalles del montaje de  la escenografía y se aprovecha para comentar algunas pinceladas de venideros proyectos.

Cuando la furgoneta se asemejaba más a una prisión que a un medio de transpor­te, aparece sobre un pequeño cerro el cartel de los últimos 18 kilómetros, aquellos que se hacen eternos y se expanden hasta la desesperación. El rugi­do del motor se apacigua. Sólo se escuchan las olas al morir en el acantilado. El sonido del mar deja paso a los aplausos y las risas. Por fin, en Comillas. El sol se marcha a dormir por el horizonte y la luna es testi­go de la organización previa para los próximos días. Se re­conoce el terreno y se com­prueban los materiales. Toca reponer fuerzas y descansar.

Son las 7.30. El desperta­dor se está ganando de forma merecida el primer golpe. Más tarde, en el ‘prau’ (prado), des­filan los palos de madera, las telas, las tuercas, las bandero­las… De la nada, y paso a paso, se crea ‘El patio de los sueños’, que alberga un auténtico Edén para los niños con juguetes ar­tesanales. Éstos favorecen la comunicación, la destreza y la habilidad de los más peque­ños y también de los padres, que disfrutan y rejuvenecen hasta revivir su etapa infan­til. Y eso se refleja en sus ros­tros, en sus sinceras sonrisas.

Antes de comprobar ‘in situ’ estas sensaciones, se suceden los típicos problemas del mon­taje: el viento inesperado reta a la imaginación para superar el acordonamiento del recinto sin que los postes de madera y las banderolas se rindan al furioso soplo de la naturaleza. Prueba superada al colocar unos vien­tos con piquetas hechas con materia prima del lugar: unas ramas. Una vez más, la creati­vidad surge en los conflictos.

Una vez terminado el mon­taje se regresa al lugar de aloja­miento para realizar el último ensayo del teatro-inaugural de ‘Folkomillas’. Luis Romero diri­ge la conversación. Ilustra con sus conocimientos. Explica con detalle el método Stanislavski y analiza los posibles problemas del teatro de calle. “Nunca hay que olvidar que los actores so­mos nosotros. La obra discurre por los parámetros que marca­mos y el público es eso, públi­co. También está presente la psicología, ya que tenemos que saber qué personas están dis­puestas a interactuar con sólo mirarlas. Además, cada uno ha de crearse un perfil marcado, creérselo y dar rienda suelta a la improvisación, pero con inteligencia, nada de chistes fáciles”, subraya Luis Romero.

El proceso de creación pro­sigue su camino. Luis detalla el hilo argumental: escribanos y poetas del Medievo, pero con pocas luces para recitar y componer versos. Cada actor escoge una acusada caracterís­tica para definir al personaje que le corresponde, después el maquillaje y a disfrazarse. Los nervios afloran para los más jóvenes y Luis quita hie­rro con las bromas. Es el debut.

En el mercado medieval se suceden los primeros pases. Todo encaja a la perfección. Ya ni Luis ni Luisma ni José Francisco ni Mario son ellos mismos, son poetas poco ilu­minados de la Edad Media. El poema de la ‘Luna’ arranca so­noras carcajadas y eso que sólo está compuesto por una pala­bra. Es impresionante cómo la improvisación y la creatividad te otorga infinidad de caminos para determinar un sketch. A las dos horas y media de fun­ción, el personaje desaparece y todos vuelven a la normali­dad para continuar trabajando. Toca comprobar que ‘El patio de los sueños’ está a punto para su inauguración al día siguiente.

Son las 8.00. Faltan horas de sueño, pero no se dejan no­tar. El rostro refleja alegría, el cuerpo pide descanso. De nue­vo se posan los trajes sobre sus figuras y se acude al recinto de ‘El patio de los sueños’. Los zancos, el esquí compartido, el tótem de las dos cabezas, el dragón de las cinco bocas, el juego de la argolla, la bici del abuelo, la lucha de sacos, los bolos de madera, el tiro con arco y un sin fin de artilugios para retar a la habilidad y la destreza copan la zona acotada por las banderolas. Los niños llenan cada rincón y la algara­bía toma las riendas para des­bordar alegría y felicidad. Los padres también participan en esta fiesta sin límite de edad y los talleres de malabares com­pletan la oferta lúdica. Otra intensa jornada, decorada por cientos de sonrisas provenien­tes de Madrid, País Vasco, toda Cantabria, Alemania, Francia…

El domingo despunta de nuevo a las 8.00. El cansancio se oculta para completar un mágico epílogo. Por la maña­na, el cuentacuentos agita la imaginación bajo los vetustos muros del Palacio de Sobrella­no. Más tarde, las flechas sur­can el viento cual águila cru­zando el ‘prau’ para anunciar la llegada de los arqueros. Los niños y adultos se arremolinan en los alrededores de la diana. Los talleres de cerámica y el de títeres, además de los juegos de ‘El patio de los sueños,’ se suman a esta jornada festiva.

Cae la noche. Los artesanos desmontan y los integrantes de Culturaleza recogen los sueños creados durante los tres días que ha durado ‘Folkomillas’. Sin mediar palabra, los más peque­ños se dan cuenta de que sus particulares magos de sonrisas se están marchando y su agra­decimiento es tal que intentan ayudar, recogiendo los objetos de menor dimensión: “Estos detalles son la mayor recom­pensa de esta profesión”, argu­mentan desde esta empresa.

De nuevo, la furgoneta se llena con todos los cachivaches. El verde ‘prau’ dormita ya sin los puestos. Se queda vacío. Al final, sólo 14 horas descansan­do desde el desfile-inaugural hasta el culmen de la feria. Y el único alimento para el can­sancio: el convencimiento y la creencia de que el único cami­no para hacer las cosas bien es la profesionalidad desde el respeto al entorno natural, con la artesanía y los juegos de antaño como estandarte.

Son las 7.00 del lunes. Co­mienza el camino de vuelta. De nuevo 800 kilómetros para regresar a Cortegana con el re­gusto del trabajo bien hecho. Este pequeño lienzo, esta des­cripción del viaje de la cultura en furgoneta representa la rea­lidad oculta de artesanos y em­presarios que parten hacia dis­tintos puntos de España para ‘sobrevivir’ en una sociedad que muestra su lado más humano, más virginal, cuando la masa se torna individuo creativo, ima­ginativo, activo… El premio: su sonrisa al abrigo de teatros, talleres y juegos participati­vos, que descubren el secreto de la eterna juventud, la risa.

 

Por Fernando Romero Cordobés,

gran periodista y mejor amigo. ¡Gracias por todo tu apoyo!

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